Apuñalando libros

Después de trabajar casi todo el día en un libro nuevo que estoy escribiendo, decidí pasar por Facebook a ver que me encontraba por ahí y ¡Pum! Uno de mis contactos tenía una foto de Carolina Cruz enterrándole cuchillos a unos libros.

¿Qué hace esta vieja enterrándole cuchillos a unos libros? Fue lo que pensé. Luego leí el comentario que George le puso a la foto “Cuando en la televisión nacional te enseñan hacer porta cuchillos con LIBROS, puedes deducir el tipo de país en el que estamos y el papel de los medios frente a la idiotizacion colectiva”.

Y fue ahí cuando entendí la imagen, en algún programa basura de Caracol, estaba Carolina Cruz enseñando a dañar libros para hacer un adorno de cocina.

Es gracioso como mi cerebro decodificó la foto, me imaginé que estaba apuñalando los libros, así lo sentí. Debe ser porque amo los libros con toda mi alma y soy incapaz de verlos como portacuchillos. Para mí los libros son seres vivos, con alma. De hecho, en uno de mis últimos libros publicados, que se llama “Libros y almas”, hablo un poco de esto dentro de los cuentos.

Curiosamente Carolina Cruz y yo tenemos la misma fecha de nacimiento, pero es lo único que tenemos en común, ella y yo no podríamos ser más diametralmente opuestas.

Yo crecí entre libros, en mi casa siempre ha existido una biblioteca, no un estante con unos libritos, sino un cuarto lleno de estantes con libros, mesas y sillones para sentarte a leer. Una biblioteca como tal. Y crecí leyendo de todo… Paracelso, Sagan, Isabel Allende, Saramago, García Márquez, King, libros de todas las religiones, en esa biblioteca hay un Talmud, un Corán, libros de metafísica, gnósticos, de derecho, filosofía, sobre submarinos, historia… Y yo crecí silvestre en esa biblioteca, leyendo todo lo que quería sin control alguno.

A ninguna edad, nunca tuve censura para leer, jamás escuché “esto no lo puedes leer” o “este libro no es para tu edad”. Mientras estuviera leyendo mis padres estaban tranquilos.

Mis progenitores fueron bastante inteligentes y a los tres años me enseñaron a leer y a escribir, así se descomplicaron la vida. Me sentaban en un sillón o en el suelo con un libro, cuaderno, lápices y colores, sólo me levantaba de ahí al baño y si me llamaban a comer.

Mientras un sábado en la tarde, a los trece años, yo estaba en mi casa leyendo y escribiendo cuentos y muy mala poesía. Carolina Cruz debía estar en una terraza o en la casa de una amiga hablando del noviecito del momento y de los chismes del grupito de amigas.

Yo nunca tuve en mi infancia y preadolescencia un bonche de amigas, no porque fuera una antisocial que no quería tener amigas, sino porque no encajaba, no me sentía cómoda entre las niñas de mi edad que me rodeaban, no tenía nada de que hablar con ellas, no había afinidad ni nada en común.

Recuerdo que a los 12 años asistí, todos los sábados, a un taller de literatura que dictaba Gustavo Arango en la Biblioteca Bartolomé Calvo. Esperaba con ansias toda la semana a que llegara el sábado. Todos eran adultos, después de mí los más jóvenes eran universitarios. Yo era una niña entre adultos, leyendo libros, hablando de ellos y haciendo ejercicios de escritura creativa. Era mi paraíso. Me sentía en mi espacio, ubicada, feliz y con personas con las que encajaba perfectamente, aunque todos me llevaban más de 10 años.

Si Carolina Cruz y yo hubiéramos estudiado juntas, nunca hubiéramos sido amigas. Quizás ella hubiera sido una de las que me matoneaba porque yo era “la rara de los libros que pasaba escribiendo”.  Por eso, a propósito, perdí el séptimo año, para quitarme de encima el matoneo de muchas Carolinas Cruz, porque no era la típica niña de minitecas, noviecitos y bonche de niñas hablando tonterías. Cambiar de salón fue lo mejor que me pudo pasar.

Mientras para Carolina Cruz los libros sirven para poner los cuchillos, para mí los libros son sagrados. Y como escritora, yo considero los libros que he escrito como mis hijos. Cada vez que publico un libro, doy a luz un hijo. Por lo menos así lo siento.

Y les podrá sonar exagerado, pero para mí fue impactante la imagen de Carolina Cruz enterrándole cuchillos a los libros.

Y si extrapolamos la imagen a nuestra realidad nacional, ese es nuestro día a día, unos medios de comunicación que inundan los cerebros de los colombianos de banalidades, quieren reggaetonizar la sociedad, haciendo normal el asesinato de líderes (parte del paisaje), estigmatizando al que piensa diferente, silenciando y censurando a todo el que active la chispa de pensamiento crítico.

Tratando que los niños y jóvenes crezcan idolatrando a figuras como el innombrable, Jessy Uribe, Silvestre Dangond, las versiones jóvenes de Carolina Cruz (no me le sé los nombres) …

En la imagen, los cerebros de nuestra sociedad son los libros, ya saben lo que desea hacer Caracol y todo su combo, quiere convertirlos en adornos para guardar violencia.

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