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A 20 años de la partida del actor español Paco Rabal, que tuvo importantes trabajos en la Argentina

Por Héctor Puyo / Telam

Un viejo problema pulmonar hizo que la vida de Francisco “Paco” Rabal, uno de los actores hispanos con mayor proyección internacional y con importantes trabajos en el cine argentino, terminara sobre el Canal de la Mancha, a bordo de un avión que lo transportaba desde Londres a Madrid, el 29 de agosto de 2001, hace ya 20 años.

Cuando la nave aterrizó de emergencia a raíz de un persistente ataque de tos del intérprete, el destino quiso que fuera en Mérignac, distrito francés de Burdeos, donde casi dos siglos antes había muerto Francisco de Goya y Lucientes, su personaje de “Goya en Burdeos”, dirigida por Carlos Saura en 1999, y al que había personificado antes un par de veces.

Volvía del XXV Festival Internacional de Cine de Montreal, Canadá, donde fue homenajeado por el trabajo de toda su vida, en lo que fue un reconocimiento por sus actuaciones que comenzaron durante el franquismo en títulos como “La pródiga” (1946) o “Revelación” (1948) y se prolongaron en obras de Luis Buñuel, Michelangelo Antonioni, Luchino Visconti y otros nombres mayores.

Paco nació en Águilas, Murcia, el 8 de marzo de 1926 en un campamento minero en que trabajaba su padre; con la Guerra Vivil española su familia se trasladó a Madrid, donde fue vendedor ambulante, empleado de una fábrica de chocolate y finalmente electricista en los Estudios Chamartín, un importante emporio cinematográfico que ya no existe.

El proyecto intentó ser una Cinecittà a la española y albergó importantes producciones, pero con los años debió asociarse con la televisión y poco a poco fue perdiendo poder. Allí fue, sin embargo, donde Paco abandonó los cables y sus instrumentos de trabajo y se integró como extra en escenas de masas, lo que cambió sus ambiciones personales.

En paralelo, allí conoció a la actriz Asunción Balaguer, con quien se casó en 1950 y fue su esposa de toda la vida y madre de sus hijos Benito, director de cine, y Teresa, también actriz.

Con una presencia que impactaba y por indicación de amigos, canjeó el cine por el teatro y en 1952 se destacó como uno de los hijos en “La muerte de un viajante”, de Arthur Miller, uno de los autores extranjeros que importó el director y empresario José Tamayo para compensar las raquíticas puestas de manolas y bulerías que asolaban la escena madrileña en tiempos del Caudillo.

Reincidió en la pantalla con “Luna de sangre” (1950), de Francisco Rovira-Beleta, “María morena” (1951), de José María Forqué y Pedro Lazaga, “Historias de las radio” (1955), de José Luis Sáenz de Heredia, y el mismo año acompañó a Carmen Sevilla en “La pícara molinera”, del argentino León Klimovsky.

También trabajó en películas italianas como “Marisa la coqueta” (1957), de Mauro Bolognini, y “El hombre del pantalón corto” (1958), de Glauco Pellegrini, aunque su figura comenzó a crecer cuando actuó a las órdenes de Luis Buñuel en “Nazarín” (1958, rodada en México) y “Viridiana” (1961), cuya trilogía culminó en “Belle de Jour” (1967), en pareja con Catherine Deneuve.

En 1961 desembarcó en la Argentina para seducir a la núbil Elsa Daniel en “La mano en la trampa”, sobre novela de Beatriz Guido y donde el director Leopoldo Torre Nilsson lo ubicó en un papel de hombre mayor y mundano que había sido escrito para el especialista Lautaro Murúa.

Con el cine nacional el murciano tuvo una buena relación: actuó también en “Hijo de hombre” (1961), de Lucas Demare, junto a Olga Zubarry, “Setenta veces siete” (1962), de Torre Nilsson, único filme en que Isabel Sarli no se desnuda, “Intimidad de los parques” (1965), de Manuel Antín, con Dora Baret, “El muerto” (1975), de Héctor Olivera, con Thelma Biral, y “Pequeños milagros” (1997), de Eliseo Subiela, con Héctor Alterio y Julieta Ortega.

En el plano internacional fue convocado por directores de renombre: Giuliano Montaldo para “Tiro al pichón” (1961), Michelangelo Antonioni para “El eclipse” (1962), Gillo Pontecorvo para “El gran camino azul” (1957), Damiano Damiani para “El reencuentro” (1963), Jacques Rivette para “La religiosa” y Luchino Visconti para su episodio de “Las brujas” (1966), Florestano Vancini para “Cara de ángel” (1967), Glaúber Rocha para “Cabezas cortadas” y Valerio Zurlini para “El desierto de los tártaros” (1976), Alberto Lattuada para “Tentación prohibida” (1978), Paul Leduc para “Barroco” (1989), entre otros.

En su vida personal, Rabal tuvo varios percances automovilísticos y él mismo se llamaba “Paquito, el de los accidentes”; en diciembre de 1963 tuvo uno en la autopista de Barajas, en Madrid, que hizo temer por su vida y le dejó alguna marca en el rostro, que nunca se ocupó de ocultar.

Nunca fue candidato a ningún Oscar, pero en 1984 fue el Mejor Actor en Cannes por “Los santos inocentes”, de Mario Camus, ex aequo con Alfredo Landa por el mismo filme, además de acumular premios en San Sebastián, Huelva, Valladolid y Montreal, entre otros, y el Goya por “Goya en Burdeos”.

Con Camus rodó asimismo “El alcalde de Zalamea” (1971), “La colmena” (1982), “La vieja música” (1985) y también repitió con otros españoles: Juan Antonio Bardem en “Sonatas” (1959), “A las cinco de la tarde” (1960), y con Saura en “Llanto por un bandido” (1964), “Los zancos” (1984), “Pajarico” (1998) y “Goya en Burdeos”.

En España también fue dirigido por Rafael Gil, José Luis Sáenz de Heredia, Vicente Escrivá, Pedro Olea, Jaime Camino -“España otra vez”, “Las largas vacaciones del 36”-, Gonzalo Suárez, Jaime de Armiñán, Fernando Fernán Gómez, Fernando Trueba, José Luis García Sánchez, Pedro Almodóvar y su hijo Benito Rabal.

En una entrevista con la prensa argentina, su compatriota Imanol Arias recordó el goce que significaban los almuerzos de trabajo con Paco Rabal: entre puros y bebidas espirituosas, las horas iban pasando y él hablaba, contaba, recordaba e hipnotizaba a sus acompañantes; hasta que llegaba la hora de la cena y todo volvía a empezar.

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