Opinón

Desarrollo tecnológico, energía y vacunas: los nuevos hilos del poder global

Beatriz Yubero, Universidad Complutense de Madrid

En las últimas décadas la economía mundial ha sufrido un espectacular cambio comenzando por el giro Asia-Pacífico, ya impulsado por el expresidente estadounidense y demócrata Barack Obama, así como por el estancamiento de los países desarrollados frente al crecimiento de aquellas potencias emergentes. Por ejemplo, la evolución de la globalización financiera y comercial y el ascenso de China como potencia mundial lleva a analizar si verdaderamente se está produciendo un cambio estructural en el orden hegemónico mundial.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo identifica seis áreas críticas para la Agenda 2030 que afectan a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS): la pobreza y la desigualdad, la demografía, la degradación medioambiental y el cambio climático. A estos, les sumamos el contexto sanitario en el que nos encontramos actualmente con la propagación de covid-19, la recesión económica, las guerras disruptivas a las que ha conducido el virus y la desigualdad social.

Por ejemplo, el acceso a la sanidad, el cambio de hábitos en nuestra vida social y laboral –la implantación del teletrabajo– o los recursos con los que los ciudadanos cuentan para hacer frente a la crisis sanitaria y económica. Se trata de fluctuaciones en el orden actual que son perceptibles desde lo micro (gobiernos locales) hasta lo macro.

Racismo en el contexto de la covid-19

La pandemia “no ha detenido la crisis hegemónica de Estados Unidos, ni ha evitado la progresiva fragmentación de la Unión Europea, como tampoco ha refrenado (al menos a medio plazo) el ascenso de China y de Rusia en la construcción de un mundo multipolar”. Por el contrario, sí ha favorecido la propagación de comportamientos xenófobos y endogámicos. Son un claro ejemplo las referencias con las que el expresidente estadounidense y republicano, Donald Trump se refería al SARS-CoV-2 como “el virus chino”.

De este modo, dirigentes mundiales asociaron, a través de su locución y la frecuencia con la que se publicaban este tipo de comentarios en redes sociales, el estigma entre la inmigración y la enfermedad. Un discurso falso, pero fácilmente asumible por las masas desconocedoras de la realidad científica. Por ejemplo, “organizaciones políticas y personalidades destacadas de Estados Unidos y de países europeos, como el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, España y Grecia también aprovecharon la crisis económica y sanitaria provocada por covid-19 para impulsar, desde teorías conspiranoicas y xenofóbicas, la presencia de inmigrantes, ideologías reaccionarias y antisemitas a favor de la supremacía blanca y el ultranacionalismo”.

De hecho, en Rusia desde febrero de 2020, se han organizado redadas para localizar a ciudadanos de origen asiático y se ha prohibido la entrada al país de ciudadanos chinos independientemente de cuál fuera su situación laboral o su estado de salud. Otros países como Hungría y Polonia han seguido esta estela desde el inicio de la propagación del virus.

Como diría Etienne Balivar “se trata de un racismo de alto impacto en la geopolítica actual, ya que mientras la irradiación de covid-19 tiende a traspasar los límites entre los países, por el contrario, la actual xenofobia puntualiza la nocividad de la desaparición de las fronteras, la incompatibilidad de las formas de vida y de las tradiciones, de la misma manera que lo mencionaba el ‘racismo diferencialista’ de Pierre Taguieff”.

En este contexto, la guerra comercial entre las consideradas potencias hegemónicas tiene, además, un impacto económico que representa el nacimiento de un nuevo orden mundial marcado por “la globalización comercial y financiera, en la que Estados Unidos no tiene intención de generar mecanismos para promover la recuperación de la globalización liberal y multilateral y de que China, que ha surgido como uno de los principales defensores del libre comercio, también está liderando la creación de nuevas instituciones y acuerdos internacionales”.

Como contrapeso, el gigante asiático, considerado desde el principio como el culpable de la propagación de la pandemia por algunas potencias occidentales, busca mejorar su reputación frente a un mundo globalizado, tendiendo la mano a través de la ayuda humanitaria a los países europeos, los más golpeados por covid-19.

Por otro lado, la deriva de la geopolítica también se mide a través de los conflictos con connotaciones internacionales que han tenido una tendencia alcista en la última década. De hecho, el mundo se enfrenta a las secuelas y los escombros de la nueva geopolítica, que intenta forzar el establecimiento de un nuevo orden mundial que actualmente está fracasando.

Luis Paadin / Telos
Nacionalismo tecnológico

Uno de los puntos de inflexión que marcan el futuro de nuestras sociedades tal y como las conocemos pasa por el área tecnológica. Concretamente “el conflicto gira en torno a la creación de nuevas tecnologías, fundamentalmente digitales, como el 5G o la inteligencia artificial”.

El Índice de Seguridad de Salud Global presenta los resultados de una evaluación de las capacidades de seguridad de salud global en 195 países, preparada por el Centro Johns Hopkins para Seguridad de Salud, la Iniciativa contra la Amenaza Nuclear (NTI, por sus siglas en inglés) y la Unidad de Inteligencia del grupo The Economist (EIU, The Economist Intelligence Unit).

El estudio se publicó por primera vez en 2019 y muestra que “ningún país está completamente preparado para epidemias o pandemias, y que todos los países tienen brechas importantes que abordar”. En este sentido, es importante destacar que, en la última década, los esfuerzos de las autoridades chinas se han centrado en lo que Hu Jintao denominó “desarrollo científico”, un plan estratégico para que China alcance el nivel tecnológico de las principales potencias mundiales. En general, la estrategia de China se enmarca en el tecnonacionalismo, cuyo principal objetivo es “reducir la dependencia de la tecnología extranjera”.

Esta estrategia, conocida como Made in China 2025, pretende que el país reduzca su dependencia tecnológica exterior hasta en un 70 por ciento. Es decir, de conseguirlo, China se situaría a la vanguardia de la tecnología en menos de cinco años, a pesar de que el Índice de Innovación Global (2020) clasifica a Estados Unidos como el tercer país con mejor desempeño frente a China, que ocupa el puesto número 14. No obstante, eso no significa que el gigante asiático no esté marcando las pautas de una revalidación tecnológica como se ha podido demostrar con el desarrollo de tecnologías disruptivas y controvertidas, sobre todo en Inglaterra, como es el caso del 5G, cuestionado por las principales potencias occidentales.

Por otro lado, en pleno contexto de pandemia, hemos de hacer hincapié en que la propagación de la covid-19 ha ejercido un freno para muchos proyectos tecnológicos y una oportunidad para el desarrollo de la digitalización, sobre todo, para las empresas. Además, en términos económicos y bajo las actuales circunstancias, las empresas farmacéuticas y biotecnológicas son las que más ganancias han reportado, convirtiéndose en protagonistas con un creciente peso político a partir de sus estratégicas alianzas con distintos gobiernos.

Respecto al alto índice de criminalidad y vulnerabilidad tecnológica de los países, hemos de matizar que, “el terrorismo, las agrupaciones criminales, los movimientos insurgentes de diversa manufactura e, incluso, los países revolucionarios se benefician de la debilidad coyuntural y, en algunos casos, han migrado sus operaciones tácticas usuales al orden tecnológico. Ahí han encontrado nuevos caminos que podrían proporcionarles fortalezas ante fuerzas asimétricas, como las armas químicas y biológicas, que han manifestado su eficacia desestabilizadora, así como las confrontaciones cibernéticas, entendidas como una dimensión de enfrentamientos sistematizados con recursos tecnológicos que presentan diferentes grados de autonomía”.

Independencia energética

La actual crisis sanitaria es, sin duda, una oportunidad para aplicar estrategias que se adapten a la hoja de ruta marcada en la Agenda 2030 y avancen hacia modelos más sostenibles y equitativos, la digitalización o nuevas políticas de salud pública, a pesar de que el consumo energético mundial continuará aumentando debido al empuje de las economías emergentes. No obstante, “el cambio en la composición de las fuentes energéticas previsto para los próximos años generará un aumento de la demanda de gas natural y de energías renovables en detrimento del petróleo y el carbón. Estas dinámicas tendrán dos implicaciones principales a nivel geopolítico. Por un lado, el mayor uso de las energías renovables permitirá a las economías que las impulsen ser más independientes energéticamente, toda vez que dichas economías podrán consumir una energía que se produce en su propio territorio”. Ejemplo de ello es Islandia, que ya emplea el 80 por ciento de su energía a través de fuentes renovables.

Además, según Ricard Murillo, el mayor consumo de gas natural en detrimento del carbón permitirá a los países exportadores de gas, como por ejemplo Irán o Rusia, ganar peso en el terreno geopolítico frente a los principales países exportadores de carbón y de petróleo.

En este contexto, Europa ha de realizar importantes cambios estratégicos ya que actualmente continúa dependiendo de terceros países como Rusia o Turquía. Una apuesta firme por las fuentes renovables permitirá a los países europeos, sobre todo a aquellos que dependen de alianzas externas como es el caso de España, independizarse energéticamente.

Además, tal y como ya se percibe, el cambio climático tiene cada vez más impacto en los conflictos armados que se desatan en el mundo. Ejemplo de ello lo encontramos en la violencia relacionada con los fenómenos climáticos extremos en el Sahel, Nigeria –donde las sequías se han intensificado en los últimos años– y América Central, entre otros lugares calientes del planeta. Es decir, sin una intervención urgente por parte de las superpotencias, los conflictos relacionados con el clima se incrementarán en los próximos años. En este contexto, África es el continente más afectado por el cambio climático seguido de algunas zonas de Asia, América Latina y Oriente Medio.

La geopolítica del poder

Asistimos, por tanto, a una redefinición de la geopolítica del poder, tal y como lo planteaba Claude Raffestin, en la que hilos invisibles de poder son construidos en una suerte de alianza vital entre estados y farmacéuticas para la futura producción y distribución de medicamentos y vacunas, así como el control de migración y las masas.

También nos dirigimos a un mundo en el que el incremento de las desigualdades individuales y sociales dificultan una lectura optimista del futuro. En palabras de Francis Fukuyama, “la legitimidad de los gobiernos no dependerá tanto de que sean democráticos o autoritarios, sino de la eficacia para combatir la pandemia”.

Por otro lado, desde el aspecto social, las nuevas prácticas tecnológicas que han afectado a la educación, impulsado el teletrabajo, cambiado el urbanismo y los hábitos de consumo de las personas o el desarrollo científico en las áreas de salud y energía, especialmente, podrían resultar determinantes en la próxima década en la que las sociedades pudieran alcanzar mayores niveles de aislamiento individual y una mayor exposición a la tecnología con los beneficios y riesgos (manipulación, desinformación y fake news) que eso supone.


La versión original de este artículo aparece en la Revista Telos, de Fundación Telefónica.The Conversation


Beatriz Yubero, Doctoranda en Relaciones Internacionales, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *