Medio Ambiente

¿Por qué algunos árboles frutales florecen antes que otros?

Raquel Esteban, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y María Teresa Gómez Sagasti, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Desde los delicados tonos rosados del almendro hasta los brillantes naranjas del albaricoque, los árboles frutales se engalanan en primavera para celebrar el cambio de estación. Con la aparición de las flores, los paisajes verdes se llenan de una gran variedad de colores y el aire de un aroma dulzón y suave que atrae a los polinizadores.

Sin embargo, algunos de estos árboles frutales sorprenden floreciendo más temprano que otros, incluso bajo las mismas condiciones climáticas. ¿Por qué sucede esto?

En este artículo exploramos los misterios detrás de este renacimiento vegetal con el concierto de La Primavera de Vivaldi como banda sonora. De forma que, como si de una orquesta sinfónica bien coordinada se tratase, comprobaremos que los árboles frutales interpretan y coordinan una serie de señales que dan lugar a su obra más vistosa: la floración.

¿Quiénes son los primeros en florecer?

Habituales de los climas templados y mediterráneos, los almendros, melocotoneros, ciruelos, cerezos y manzanos suelen ser los más madrugadores a la hora de florecer y anunciar la entrada en la primavera. Todos ellos pertenecen a la familia de las rosáceas y son de hoja caduca, es decir, pierden las hojas en invierno y las vuelven a desarrollar en primavera.

Son árboles que aprovechan el invierno para tomarse un descanso vegetativo (periodo de inactividad fisiológica o dormancia).

Aunque depende de la variedad y la ubicación geográfica, los almendros son los primeros: florecen en torno a febrero, y a ellos le siguen el albaricoquero y el ciruelo. Sin embargo, habrá que esperar a los meses de otoño para disfrutar de nueces y castañas.

Florecer o no florecer, he ahí la cuestión

En climas templados, con la primavera las plantas leñosas, tanto árboles como arbustos, despiertan de su letargo invernal y comienza la etapa de crecimiento.

En este nuevo periodo se inician procesos tan importantes como la eclosión de las nuevas hojas, el crecimiento y, por supuesto, la floración. Y aunque a simple vista parecen transformaciones sencillas, en realidad son procesos complejos que están regulados tanto por factores externos (condiciones ambientales) como internos (fitohormonas).

De forma similar a una orquesta sinfónica en la que cada músico ejecuta su papel con gran coordinación, las plantas armonizan las señales ambientales con las hormonales para adaptar e integrar su desarrollo con el entorno. En el mundo vegetal todo es cuestión de señales.

Una vez que la planta ha llegado a su madurez reproductora es capaz de florecer, es decir, es capaz de generar flores. El proceso de la floración supone la activación de una serie de reacciones bioquímicas en cascada, que comienzan con la percepción e integración de las señales externas.

Al igual que ocurre en toda orquesta que se precie, los músicos (las plantas) necesitan ciertas señas del director (señales ambientales) para interpretar la partitura (programa de floración) con precisión y dar lugar una pieza musical (flor) llena de matices. Así, la transición del frío invernal a la calidez primaveral y el crescendo (aumento progresivo) de las horas de luz o fotoperiodo son las señales ambientales que las plantas esperan para iniciar la floración.

La primavera las hormonas altera

Toda orquesta sinfónica, además, necesita una gran variedad de instrumentos, cada uno con su función específica. En nuestro símil las hormonas de las plantas (o fitohormonas) son esos instrumentos.

Las fitohormonas son sustancias orgánicas producidas por las plantas de forma natural que actúan como mensajeros en la regulación de su desarrollo en respuesta a las condiciones ambientales. Las auxinas, giberelinas, citoquininas, el ácido abscísico y el etileno son las cinco fitohormonas clásicas.

Al percibir el aumento de las temperaturas y el alargamiento de los días, las plantas ajustan las concentraciones de dichas fitohormonas.

Una de las más importantes en la floración es la giberelina, que promueve la formación y crecimiento de las yemas florales. Pero no actúa sola. Las giberelinas interactúan positivamente con las auxinas y antagónicamente (acción opuesta) con las citoquininas, el ácido abscísico y el etileno.

Todas estas fitohormonas regulan en última instancia la expresión de los genes (las notas musicales) que dan lugar a las proteínas que ejecutan las acciones y permiten la floración. El equilibrio entre todas las fitohormonas es crucial para lograr una floración exitosa.

¿Por qué entonces hay frutales que florecen antes?

Ahora que ya hemos desgranado el funcionamiento de la “orquesta vegetal”, nos quedaría responder a nuestra pregunta inicial: ¿por qué almendros y cerezos florecen antes?

Los árboles con floración temprana requieren haber pasado un periodo de frío invernal o vernalización por debajo de los 10 ℃, más o menos prolongado, y percibir un fotoperiodo superior a 10 horas de luz. En el comienzo de la primavera se cumplen esas dos premisas.

Esa fuerte interacción entre la temperatura y el fotoperiodo nos indica que estos árboles frutales disponen de un doble sistema de control que garantiza la floración en el momento oportuno.

Efectos del cambio climático en la floración

Como hemos visto, los factores ambientales son los responsables de que suenen los primeros acordes de la floración. Es previsible que, al alterar los patrones de temperatura y precipitaciones, el cambio climático afecte a los periodos de floración de la mayoría de especies vegetales.

En algunos casos, el hecho de que los inviernos sean más cálidos puede retrasar la floración. En otros, el aumento de la temperatura ambiente puede adelantarla, especialmente en aquellas plantas con floración primaveral, aunque se corre el riesgo de sufrir heladas tardías.

La relación entre el momento de floración y la temperatura es adaptativa, es decir, es más ventajoso florecer más temprano en años cálidos y más tarde en años más fríos para evitar daños por heladas, sincronizar la floración con la actividad de los polinizadores y maximizar el tiempo de crecimiento y desarrollo del fruto.

Aunque se ha avanzado en el conocimiento de los mecanismos que subyacen a la floración, aún es necesario seguir investigando sobre la fascinante fisiología de los árboles frutales para poder optimizar su producción y seguir disfrutando del concierto visual y aromático de la primavera.The Conversation

Raquel Esteban, Profesora de Fisiología Vegetal, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y María Teresa Gómez Sagasti, Profesora adjunta e investigadora área Fisiología Vegetal, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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