Multiplicado por cien

Hoy chismoseando la vida ajena por Instagram, encontré una foto de alguien que sigo, que tiene por comentario: “Todo lo que sale de ti, regresa a ti multiplicado cien veces. Así que no nos preocupemos por lo que vamos a recibir sino por lo que vamos a dar… y que como efecto búmeran, se les revierta sobre sus vidas”.

En la foto hay una mujer con dos niños sobre la parte trasera de un camión, que se ve lleno de bolsas de mercado, que en las demás fotos se ve como los entregan a una comunidad necesitada.

¿Qué podría tener de malo la leyenda y la foto? Malo como tal nada, son personas donando mercados a aquellos que lo necesitan. El asunto es que, como casi siempre veo y leo, las personas dan porque esperan recibir algo a cambio.

En este caso, la mujer no espera recibir nada de las personas a las que les donó los mercados, sino de la vida o de Dios y espera recibirlo multiplicado por cien. Ella y todos los que donaron, por dar a los que necesitan recibirán de vuelta por parte de Dios 100 veces lo que dieron, una aplicación de la “Ley del Búmeran”.

Y como bien escribe ella “…no nos preocupemos por lo que vamos a recibir, sino por lo que vamos a dar”, porque si aplicamos la primera frase, si das un pan y le quitas el hambre a alguien, vas a recibir cien veces algo que te va a beneficiar. No sabes que vas a recibir, no te debes preocupar por eso, lo importante es que vas a ser cien veces retribuido.

A lo largo de nuestra vida y en muchos escenarios nos han enseñado que se debe dar para recibir. Si das, recibirás bendiciones. A muchos se lo han enseñado en su casa, reafirmado en el colegio, en la iglesia, libros, en la biblia… Siempre que des algo serás retribuido, por la vida, Dios, el universo, otras personas…

Y aunque suene terrible, la persona que da algo con la convicción que será recompensado de alguna manera, no está dando con el corazón limpio, aunque tengan las mejores intenciones del mundo. Están dando algo con el interés de recibir más adelante. Por lo tanto, es un dar mezquino, interesado, intencionado, no es un dar de corazón.

Hay una parábola en la Biblia, la de “La viuda Pobre” que dice “Jesús estaba en el templo, y vio cómo algunos ricos ponían dinero en las cajas de las ofrendas. También vio a una viuda que echó dos moneditas de muy poco valor.  Entonces Jesús dijo a sus discípulos: —Les aseguro que esta viuda pobre dio más que todos los ricos. Porque todos ellos dieron de lo que les sobraba; pero ella, que es tan pobre, dio todo lo que tenía para vivir”. Ella compartió todo lo que tenía, sabiendo que no se lo devolverían. Ese es el verdadero dar.

Estamos en una sociedad del “se premia al más vivo” y “se da porque serás bendecido cien veces más”. Una sociedad parecida a un paquete de papas fritas. Por fuera se ve lleno, en nuestro caso de valores y buenas obras (papas), pero cuando lo abres y buscas dentro el 70% es aire, vacío, es ficción.

En esa sociedad vivimos, llena de valores vacíos y ficticios en la que nos creemos espirituales, trascendentales y buenos, porque donamos mercados para ayudar a otros, cuando en realidad damos para ayudarnos a nosotros mismos, porque tenemos la convicción de que seremos recompensados. Tal como la mujer de la foto lo expresa en su mensaje.

He visto como personas hacen novenas y oraciones, prometiéndole al santo o a Dios, que una vez les sea concedida su petición les regalaran mercados a los pobres. También he oído como pastores dicen que se debe dar el diezmo para que Dios los bendiga y les retribuya lo dado.

Somos una sociedad que no ayuda al otro, sólo con la intención de ayudar, de ser solidario, con el corazón lleno de alegría porque le has servido a otro, sino porque sí hoy ayudas a otro alguien mañana te ayudará a ti. Te doy porque me van a dar.

Del mismo modo oramos a Dios. Estoy asistiendo a un taller de oración y nos preguntaron sobre la forma como oramos y alguien dijo: “yo no rezo largas oraciones, con unas pocas palabras y mucha fe, yo le pido a Dios lo que necesito y él me lo da”.

Para muchos orarle a Dios es sinónimo de pedir. Hincan rodillas todas las noches para elevar oraciones pidiendo todo lo que necesitan, resolver problemas y tener bienes materiales.

Nos portamos como los hijos que sólo llaman al papá cuando necesitan algo, que solo le hablan al padre por interés. Cuando vemos esta situación en la vida cotidiana, decimos ese hijo no quiere a su padre, lo busca para pedirle cosas.

Eso es exactamente lo que hacemos cuando oramos para pedir cosas o soluciones para problemas. No está mal orarle a Dios para pedirle ayuda, lo que no es correcto es que ese sea el único motivo por el cual le pidamos a Dios, así oremos todos los días.

¿No creen que en la oración deberíamos agradecer? La oración para mí, es una conversación con Dios, de hija a padre, donde comparto con él mi vida, acontecimientos, sentimientos y pensamientos. Por supuesto, alguna vez le pido consejos, protección, ayuda… pero pedir nunca debe ser el principal motivo de la oración.

Los invito a dar sin esperar recibir multiplicado por cien y a orar sin pedir, solamente para dialogar con nuestro padre.

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