El curioso caso de Cedro Cocido, el pueblo colombiano donde una falsa reforma agraria se convirtió en verdadera

En los 90 una fundación creada por los hermanos Castaño, en medio de su poder paramilitar, inició una falsa donación de tierras que luego habrían de despojar. Sin embargo, gracias a la restitución de tierras, 113 familias las pudieron recuperar.

Por: Emma Jaramillo Bernat  – Anadolu

Por: Emma Jaramillo Bernat

Cuando Rafael Álvarez volvió a Cedro Cocido, hacia el año 2016, se encontró con un panorama desolador. “En una esquina había un señor con una grabadorita, con un disquito viejo de esos de Diomedes. Tenía una mesita de billar, pero de esas mesitas de billar que uno mira así y no está derecha, sino que todas las bolas se van para un lado. Tenía un diente por ahí todo maluco, el sombrerito…”.

Rafael se sentó en toda la esquina del pueblo. “¡Miércoles! Esto sí está desolado”. Cedro Cocido no era más que un punto en medio de la nada, una tierra partida y remendada bajo cuyo nombre se agrupaban los restos de una antigua hacienda ganadera.

Sus altos pastizales, sobre el fértil valle del Sinú, en el departamento de Córdoba, la hicieron desde siempre apta y deseable para la ganadería, pero también para amplias concentraciones de tierra y posteriormente para el surgimiento del paramilitarismo.

En los años 80, como respuesta a la acción de las guerrillas -secuestro, muerte y extorsión-, Fidel Castaño “conformó y lideró estructuras armadas con el fin de vengar el asesinato de su padre y defender sus negocios de narcotráfico, proteger sus tierras y hacerse de otras por vías legales e ilegales”.

Así lo señala el ‘Informe analítico sobre el paramilitarismo en el Urabá Antioqueño, el sur de Córdoba, el Bajo Atrato y Darién’, publicado por el Centro de Memoria Histórica, que considera que el surgimiento de este fenómeno “no fue algo espontáneo”.

Las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, en el noroccidente del país, “nacen de la culminación de un proyecto paramilitar que recogió actores de otras guerras que de años atrás se venían dando en la región”.

Así, añade el texto, “desde la Casa Castaño, de los hermanos Fidel, Vicente y Carlos Castaño, se dio origen a esta organización paramilitar, que causó el sufrimiento de miles de pobladores en Antioquia, Córdoba y Chocó”.

Aquella llanura que se empantana en época de lluvia y en la que hay que esconderse a mediodía para huir de la inclemencia del sol -apenas un árbol por aquí y otro por allá brindan alguna protección-, le traía a Rafael duros recuerdos. “Yo estaba pequeñito y alguien me amenazó, que le dijera una razón a mi papá: que se cuidara él y que me cuidara a mí”.

A las demás familias que vivían en la antigua hacienda les hacían llegar el mismo mensaje de forma directa y también sutil. A su padre, también de nombre Rafael, le decían que ya no podían sembrar árboles ni pancoger –ni maíz ni frijol ni yuca ni plátano–, que todo tenía que ser pasto para el ganado. Y se escuchaban rumores: que mataron a este, que a este también, “que pónganse las pilas que tienen unas hijas muy bonitas”.

La situación resultaba muy confusa. Las mismas personas que en su momento les habían donado estas tierras, en una entrega formal, realizada el 19 de abril de 1991, que no solo incluyó firma y escritura, sino que incluso contó con la presencia del obispo de Montería, volvían años después para decirles oficialmente lo que de alguna forma siempre habían intuido: que aquellas tierras realmente nunca les habían pertenecido.

Cuando les hicieron la donación sonaba demasiado bueno para ser cierto, pero también demasiado tentador como para decir que no. Empezó a correr el rumor por toda la zona sobre que había unas tierras de los Castaño que iban a ser entregadas a personas interesadas en trabajar. Aquel apellido espantaba, pero muchos se quedaban a escuchar.

Luis Ramón Fragoso recorría los municipios cercanos a Montería buscando gente. Y los interesados -sin trabajo ni tierras- parecían abundar.

Fragoso era el gerente de una organización llamada Funpazcor (Fundación para la Paz de Córdoba), cuya presidenta era Sor Teresa Gómez, de conocida cercanía con el clan Castaño. De hecho, era esposa de Manuel Gil, quien era medio hermano de ellos.

Aunque los beneficiarios sabían que las tierras que les ofrecían estaban relacionadas con dicho clan, desconocían que Funpazcor había sido creada por el propio Fidel, el 14 de noviembre de 1990, en medio de la supuesta desmovilización de su grupo paramilitar conocido como Los Tangueros.

Ante los ojos del mundo, allí se estaba adelantando una “reforma agraria” que buscaba beneficiar a supuestos campesinos víctimas de las guerrillas de las Farc y el EPL.

Pero el tiempo mostraría que se trataba de una fachada que hacía parte de una operación mediante la cual Fidel no solo buscaba limpiar su imagen, sino también su fortuna.

Era un plan redondo: repartían las tierras que habían ido acumulando durante los últimos años en un territorio que tenían plenamente controlado, las repartían y limpiaban su imagen. Los nuevos inquilinos -a quienes podrían expulsar en cualquier momento- les ayudaban a mantener los pastos en condiciones y cuidaban un ganado que no solo les seguía perteneciendo sino que también los financiaba.

A cambio, los dejaban vivir allí, les daban una especie de subarriendo (es decir, un salario, ya que en realidad no consideraban que las tierras fueran suyas) y cada sábado podían pasar por carne para su sustento.

Testimonio 1: Isael Borja Ortíz

“Hablaron así: los Castaño van a repartir unas tierras aquí arribita de Leticia. Pero cuando hablaron de los Castaño muchos nos quedamos oyendo el cuento y otros se fueron. Entonces el señor que llegó, dijo: Yo tal día voy a venir y les vamos a traer unos formularios para que los llene el que esté interesado. Yo fui uno de esos. Yo llené mi formulario, pero sin compromiso. En tal época, no me acuerdo qué mes sería, total que fueron avisando: fulano y fulano, que se presenten allá. Ellos iban a donarnos la tierra para campesinos, para que la gente trabajara. Total, que el caso se dio. Yo salí seleccionado en ese grupo. Vinimos. Nos mostraron los predios. Ya todo estaba demarcado, cada predio de uno. Nosotros tuvimos escritura pública de eso. En la misma escritura había una cláusula que decía que el predio no se podía ni vender ni permutar ni nada; osea, no tenía uno aquí nada, no administraba nada. Los que vivían aquí, a ellos les marcaron un lotecito, lo que llamamos un solar. Ellos les pagaban un subarriendo, pero uno estaba maniatado de todo, no tenía derecho a cortar un palo, a hacer sindicato. Nosotros no éramos los dueños. Éramos los testaferros”. 

Testimonio 2: Nelly Madrid

“Yo nunca viví aquí, pero yo recibí mucho beneficio de Funpazcor, porque yo había enviudado y tenía un negocito por donde pasaba Carlos Castaño, Teresa. Ahí me distinguían. Aquí la viuda que metía para una parcela, se la daban. A mí me la dieron por viudez, y yo me beneficié cuando yo le dije a doña Tere que yo tenía la madera para venir a cercar mi predio y venirme. Ella me dijo: Mija, ¿tú que te vas a ir para allá con esas dos niñas? Me explicó que esto era una zona inundada, que esto era fango, que yo sola qué iba a hacer acá. Me dijo: las mujeres que viven allá es porque tienen sus maridos. Ya tú tienes tu negocio acá. Arriéndame eso (le pidió que le subarrendara el mismo predio que le donaban) y yo te doy (un dinero mensual). Con eso era como si mi esposo hubiera quedado vivo porque esa plata yo la cogí y yo la metí en colegio pago (para sus hijas). Yo guardaba la plata y en diciembre yo les compraba la ropa…Mi relación con Teresa Gómez fue excelente. Siempre me tuvo por mis hijas, y ellos entraban a mi negocio, entonces a mí me fue bien, a mí no me fueron a presionar. Cuando uno los buscaba, ellos siempre estaban dispuestos a escuchar sobre cualquier asunto. Ella era demasiado seria. Prácticamente nunca se le vio una sonrisa encima. Pero ellos tenían sus intereses ahí, en las tierras…”.

Testimonio 3: Manuel Sanz Barrera

“Sí señor, así era, y uno solo tenía derecho ahí, en el patio. Lo que sembraba allí en el patio. Lo demás nos lo traían ellos de allá, de otras fincas que tenían…Y trabaje con la finca. Nos pagaban la quincena, sí, pero ellos hacían su negocio con su ganado. Algo tenía que pasarle al ganado porque no daba utilidad. Entonces a nosotros nos ponían a trabajar alimentándole el ganado a ellos con el pasto de nosotros, según nosotros, porque ellos ya nos habían repartido el lote que supuestamente le correspondía a uno…Solamente a Castaño lo vi una solo vez, un 25 de diciembre. La vocera de ellos, Sor Teresa Gómez, que fue la que quedó sustituyéndolo; ella era la que comandaba el pelotón aquí. A ella sí la veía bastante, e incluso trabajé un poco de días en una parcela que tenía ella allá, que se llama Los venados. Yo trabajé un poco de meses allá, limpiando el patio. Entonces a ella sí la distinguía. Respeto. No, temor no. A nosotros sí nos decían que ellos nos estaban amontonando aquí para venir a hacer una masacre. Sobre el miedo, uno se llena de valor. Mucha gente se iba, mucha gente venía, esperando a ver qué pasaba…”.

***

A raíz de las amenazas (a veces llegaba una camioneta, a otros los visitaba un comandante y a algunos se les presentaba un hombre en moto) casi todas las personas a las que supuestamente les habían donado los predios comenzaron a venderlos a través de estos intermediarios. El precio no era muy alto y dependía de qué tanto, pese al miedo, cada uno se atreviera a negociar.

Con el dinero de la venta más lo que se pudieron llevar encima, la mayoría de los habitantes de Cedro Cocido salió desplazada y se dirigió hacia Montería, a engrosar la población de los barrios de invasión en las afueras de la ciudad.

El padre de Rafael también decidió vender. Había llegado a Córdoba, desde Magdalena, víctima del desplazamiento, por presión de otros grupos. Y ahora, como por designio y con las manos atadas, tenía que ver cómo su historia se repetía.

“Cuando nos desplazamos del Magdalena mi papá tenía una finca grande: ciento veintipico de hectáreas. Era, digámoslo así, Don Rafael. Nos tenía acostumbrados a una casa grandota. Yo me acuerdo de dos muchachas del servicio, y vivíamos cómodamente. Nosotros teníamos otro tipo de vida: el hijo del finquero, vivía bien, en el pueblo”.

Pero, al igual que entonces, el legado no importó y volvieron a salir sin nada: él, su esposa Reinalda y sus siete hijos. Se fueron a vivir a la invasión más grande que tiene Montería: Canta Claro. “Eso está a la entrada y es un barrio grande. Cuando eso tenía más de 7 mil personas, pero ahora hay más”, cuenta ella.

Primero arrendaron una habitación, donde se acomodaron todos, “y estando allá oímos de la invasión y nos fuimos a buscar porque esto es muy incómodo, el uno encima del otro. No, un desespero muy feo. Ya después nos metimos para allá, cogimos un lote de 7 por 15 (metros), lo llenamos de tablas, de cartón, de plástico, lo que sea, nos mudamos, sin agua, sin luz”, recuerda Reinalda Ortiz.

Pero no todo el mundo estuvo de acuerdo. Yolanda Izquierdo consideró que no tenían derecho a quitarles la tierra en la que habían vivido los últimos años, en la que habían trabajado y de la cual tenían escrituras, y comenzó a decirle a la gente que buscara los documentos, muchos de los cuales habían quedado traspapelados o habían desparecido extrañamente de las notarías.

Empezó a revolver lo que le habían advertido que debía dejar quieto y fue asesinada el 31 de enero de 2007 por dos sicarios en su casa en Montería. Sor Teresa Gómez fue condenada a 40 años de cárcel por este crimen.

Yolanda no alcanzó a ver que sus reclamaciones algún día podrían hacerse realidad, mediante la Ley 1448 de 2011, conocida como Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, la cual creó un procedimiento legal para restituir y formalizar la tierra de las víctimas del despojo y abandono forzoso que se hubieran presentado desde el 1 de enero de 1991 con ocasión del conflicto armado interno.

No obstante, sus esfuerzos no fueron en vano: el ánimo que despertó y los documentos que instó a buscar fueron la semilla para que años después decenas de familias despojadas iniciaran este proceso de restitución. Hasta el momento 695 hectáreas de tierra han sido restituidas en Cedro Cocido.

El padre de Rafael, pese a haber sido quien se encargó de la documentación, abogados y demás procedimientos para recuperar su predio, tampoco lo pudo recibir. Murió un mes antes de la entrega, en un accidente de tránsito.

Pero “siempre estuvo así con esa fe bárbara, porque el modo de vivir de él era la ganadería. Me enseñó muchos tips -recuerda su hijo-. Yo digo que gracias a eso, y a esa fe que él tuvo, fue que yo le metí el diente a esto, para preservar su legado”.

Pese a que volver nunca estuvo en sus planes, hoy vive allí, con su esposa y dos hijos, entre cultivos de berenjena y papaya, y junto a 32 cabezas de ganado que les dan leche y queso. También es el presidente de la Asociación de Productores de Cedro Cocido (Asopacol), compuesta por 28 socios que gestionan peticiones ante la Alcaldía, la secretaría de Gobierno o de Infraestructura.

Rafael ha sido uno de los más dedicados a la hora de aprovechar los beneficios que ofrece la Unidad de Restitución que, según dice, “tuvo algo excelente y fue que capacitó primero, porque si tú le entregas un recurso a una persona sin tener una capacitación, se botan los recursos. Entonces nos empoderamos, nos hablaron de la no repetición, o sea, se le inyectó fe a la gente primero”.

“Entonces, si tú cumples, hay esto: primero la cerca; luego viene el jagüey (la represa). Luego vamos con el pancoger, vamos con el corral; ahora sí viene el ganado, el proyecto productivo. Todo fue por etapas”. Después de eso los enlazan con la FAO y con empresas interesadas en comprar sus productos.

Cumplir no se les dificultaba. En Cedro Cocido coincidieron muchos factores que lo han convertido en un referente de trabajo en comunidad. Por ejemplo, muchas de las mujeres que terminaron regresando a raíz de la restitución habían tenido tiendas u otros negocios, así que conservaban ese afán de hacer cosas y progresar; y compartían el deseo común de pasar sus años en paz, después de tanta lucha y devenir.

Por eso decidieron unirse -ya son más de 30 mujeres- para crear su propia asociación (Asoamurucc), a través de la cual comercializan distintos productos (galletas de limón, tahine de berenjena, queso costeño o mochilas hechas de bolsas recicladas) en distintos mercados campesinos.

Cedro Cocido no es el mismo corregimiento desolado que Rafael se encontró cuando empezó la restitución. Ahora está vivo. “Hoy en día hay una cantidad de negocios nuevos, carretera, casa de dos pisos con construcciones bien elegantes. Aquí están llegando 150 familias, y allá 250. Son 400 familias. El bus llega hasta allí, desde Montería. Hay almacenes de ropa, hay restaurante. Creo que antes había una tienda. Ahora hay como ocho. Es más, mire que el agua potable llegó aquí por sentencia, pero favorece a los pueblos que tenían más de 100 años de fundados y que no tenían agua potable, entonces, mejor dicho, esto jalonó, favoreció a toda la región”.

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