Después de «El Chapo»: México se desangra por cárteles de la droga

Por Andrea Sosa Cabrios (dpa)

Joaquín «El Chapo» Guzmán, el más famoso de los narcotraficantes mexicanos, vive en un infierno. Pasa 23 horas al día aislado en una celda gris de 3,5 por dos metros. Su reinado del terror se acabó. En México, sin embargo, la violencia está imparable.

Cuando fue condenado hace un año (17-07-2019) a prisión perpetua en Estados Unidos, el ex líder del Cártel de Sinaloa, de 63 años, fue enviado a la cárcel de supermáxima seguridad de Florence, unos 180 kilómetros al sur de Denver. Eso no supuso el fin de la guerra de los cárteles.

Cada día un hecho violento supera al otro en México: cadáveres descuartizados, asesinato de un juez y su esposa en su casa en la ciudad de Colima, atentados contra policías, 27 muertos en un ataque a un centro para drogadictos. Todo eso y más, solo el último mes. El año pasado fueron asesinadas unas 100 personas por día.

A mediados de junio, un viernes por la noche, unas 20 camionetas repletas de personas armadas entraron a la ciudad de Caborca, en una zona desértica del noroccidental estado de Sonora, a 150 kilómetros de la frontera de Arizona.

Un grupo de encapuchados incendió casas, autos, una gasolinera y un camión. Buscaban a sus rivales, en una presunta guerra de facciones del Cártel de Sinaloa. Después aparecieron diez cadáveres con impactos de bala a la orilla de una carretera.

«Fue una noche de terror», contó una mujer, al recordar las ráfagas de metralleta. «Nos fuimos al último cuarto de la casa, pusimos una colchoneta debajo de la cama. Ahí dormimos, del miedo a lo que pudiera pasar».

Tres hijos de Guzmán Loera – Iván Archivaldo, Jesús Alfredo y Ovidio, conocidos como los «Chapitos» – ya sometieron al Estado Mexicano el año pasado, sembrando miedo y muerte en Culiacán, capital de Sinaloa. El Ejército había logrado detener a Ovidio, de 30 años, pero sus hermanos forzaron con una ola de violencia su liberación.

Al mismo tiempo, un cártel más nuevo se expande rápido: el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), ex aliado y actual rival del de Sinaloa, liderado por Nemesio Oseguera Cervantes, «El Mencho», por quien Estados Unidos ofrece diez millones de dólares de recompensa.

Este grupo, con presencia en más de 20 de los 32 estados mexicanos, despuntó violentamente con ataques con armas de guerra a fuerzas de seguridad y rivales. Hace cinco años derribó un helicóptero militar con un saldo de nueve muertos.

Granadas y balazos sacudieron una zona de residencias de lujo y embajadas en Ciudad de México el 26 de junio, en un atentado contra el jefe de seguridad pública de la capital. Omar García Harfuch, que sobrevivió, atribuyó el ataque en su contra al CJNG.

A inicios de ese mes el gobierno mexicano había anunciado el congelamiento de casi 2.000 cuentas bancarias del cártel, un hecho que, según algunos analistas de temas de seguridad, podría haber sido la causa de la reacción violenta del grupo.

De acuerdo con la agencia antidrogas estadounidense DEA, las organizaciones criminales mexicanas son la mayor amenaza en materia de drogas para Estados Unidos. Atrás quedaron los cárteles colombianos.

«Ningún otro grupo está actualmente posicionado para desafiarlos», dice la Evaluación Nacional sobre la Amenaza de las Drogas 2019. Las armas que usan son compradas y traficadas desde Estados Unidos.

El tráfico de fentanilo, un opioide totalmente sintético 50 veces más potente que la heroína, es uno de los grandes negocios actualmente, pero las drogas no son lo único.

Existen en México cerca de 200 bandas del crimen organizado, según un informe de la organización no gubernamental International Crisis Group, dedicadas a todo tipo de actividades ilícitas.

Entre esos grupos hay cárteles regionales como Santa Rosa de Lima, que nació robando hidrocarburos, y el Cártel del Noreste, que secuestra migrantes y trafica droga. Cuanto más fragmentación, más violencia.

«En general, las organizaciones criminales mexicanas se han vuelto cada vez más pequeñas y sus actividades se han restringido a lugares cada vez más específicos», dice el informe. «Luchan por modestas fracciones de la economía, como la producción y distribución de tabaco, aguacates e hígados de marsopa, un manjar en la cocina china».

En México «El Chapo» se escapó dos veces de cárceles de máxima seguridad, una vez en un carrito de lavandería y otra por un túnel en una moto adherida a rieles.

Algo así es poco probable ahora en la prisión de Florence, llamada el «Alcatraz» de las Montañas Rocosas, en alusión a la temida cárcel que funcionó en una isla de la Bahía de San Francisco y donde estuvo el gánster Al Capone (1899-1947).

En torno al ex líder del Cártel de Sinaloa hay incluso un culto a la personalidad, con canciones que elogian sus hazañas y una marca de ropa creada por su hija Alejandrina.

Cuando aún era hombre libre, «El Chapo» sentenció en una entrevista con el actor Sean Penn para la revista «Rolling Stone» que el negocio de las drogas tiene larga vida por delante: «No desaparecerá porque conforme pasa el tiempo somos más y esto nunca terminará».

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